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jueves, 3 de enero de 2013

TRASTORNOS ALIMENTARIOS: La familia como recurso terapéutico


Dra. Ana Belén Jiménez Godoy
Directora del Servicio de Psicología y Psicoterapia
Clínica Mediterránea de Neurociencias

No ha sido hasta ahora identificada la causa concreta y única de los trastornos alimentarios, al igual que tampoco el factor preciso que influye en su permanencia en el tiempo. Una perspectiva multicausal y un abordaje multidisciplinar se hace cada vez más plausible ante este tipo de problemáticas. Desde el planteamiento de una etiología multifactorial lo que ha quedado claro es que una serie de factores biológicos, psicológicos y socioculturales, parecen jugar su partida al respecto y mediante un ejercicio interactivo entre ellos desvelan y perpetúan este tipo de enfermedades. Es así como se ha hablado de “factores precipitantes” de la enfermedad, “factores facilitadores” y “factores mantenedores” de la misma. Entre estos tres factores entraría en juego el papel de la familia que, de alguna manera, se ha demostrado que influye en el desarrollo de las conductas que siguen a esta enfermedad, conductas que tienen que ver con esa necesidad de estar delgado/a, el miedo irracional a engordar, los sentimientos de culpa, la necesidad de no tener nada dentro, los vómitos, etc.



En este sentido, el influjo familiar, en lo que se refiere al origen y mantenimiento de esta enfermedad, es algo que se ha hecho evidente en numerosos estudios y no con ánimos de culpabilizar de forma unilateral a la familia, sino con el propósito de entenderla como un recurso de salud fundamental para la prevención y el tratamiento de esta problemática. Ha sido así repetida la idea de que ciertos factores desadaptativos de la familia -emocionales, comunicativos y comportamentales- desempeñan una función prioritaria en el desencadenamiento y cronicidad de este trastorno tan llamativo en nuestro tiempo. Los estudios de este tipo de familias en las que algún miembro padece dicha enfermedad revelan datos acerca del estilo comunicativo más común en las mismas, apuntando que los mensajes que los padres envían se caracterizan por el gran afecto mostrado hacia sus hijas/os pero con una manifestación precaria en la escucha de sus propias necesidades y sensaciones. Son datos también relevantes los que se muestran respecto a la vulnerabilidad heredable de frecuentes enfermedades psiquiátricas asociadas a algún otro miembro de la familia, concretamente el 28% sufren trastornos afectivos mayores, un 39% alcoholismo y un 16% dependencia a determinadas sustancias. Otros estudios emparentan a estas familias y, en concreto, a las figuras parentales, con “conductas alexitimicas”, es decir, con aquella incapacidad para describir sentimientos, identificarlos, expresarlos, distinguir sentimientos con sensaciones, estilo cognitivo orientado a lo externo, etc. En definitiva los estilos cognitivos, emocionales y conductuales de la familia han sido considerados repetidamente como factores de riesgo y de mantenimiento de este tipo de patologías.

 
Paralelamente, y en el ámbito de la intervención, otras investigaciones nos han hecho eco del hecho de tomar como elemento predictivo en la curación la disponibilidad de toda la familia a someterse e involucrase en un trabajo terapéutico. La denominada “Terapia Familiar”, amparada por sólidos estudios, supone un giro copernicano y un suplemento a la visión habitual de los tratamientos centrados en el  individuo que porta dicho trastorno. Es así como, desde este tipo de planteamiento terapéutico, se parte del supuesto de que el paciente resulta ser, de alguna manera, el “chivo expiatorio” que mantiene en el tiempo determinadas dinámicas familiares disfuncionales enmascaradas, las cuales ofrecen una influencia poderosa sobre este tipo de trastorno. La eficacia, por tanto, del complemento de una psicoterapia familiar se hace evidente e inexcusable.

Los trastornos alimentarios se han inscrito, a raíz de numerosos estudios, como un “problema de afirmación de la identidad”, una identidad que se despliega en un contexto concreto y que no se forja en solitario. Es así como es más que característica la manifestación de serias dificultades a la hora de alcanzar la sana independencia emocional por parte del paciente que encarna el problema, en unas dinámicas familiares que, en general, resultan ser muy opresivas. La rigidez manifiesta en este tipo de familias suele impedir articular alternativas para enfrentar situaciones tales como la autonomía de ese hijo/a paciente. Los familiares de pacientes con este tipo de problemática suelen presentar dinámicas concretas y respuestas que van desde unos sentimientos de culpa crecientes, hasta una dificultad clara en la resolución de los conflicto habituales que los adolescentes y jóvenes suelen presentar. Esta serie de trabas a la hora de resolver los problemas dificultan notablemente el desarrollo armónico de la identidad retardada de ese/a paciente que sufre y del núcleo global de la familia. El inconveniente frecuente es que este tipo de familias suelen negar el conflicto, evitando así profundizar en él, y no nos referimos aquí al único problema percibido por la familia, sino a lo que debajo de él suele subyacer: unas dificultades relevantes para crecer de modo adecuado en un contexto enmarañado. Otra de las dificultades presentes en el marco de los problemas de los Trastornos de la alimentación es también que esas personas protagonistas de la enfermedad suelen sentirse sumamente seguras con su negativa a comer o con su imposibilidad para dejar de hacerlo. Estas personas, sin olvidar el marco de las dinámicas relacionales que les rodean, suelen sentirse incluso cómodas con su actitud ya que de alguna manera les protege, algo que se ha interpretado –desde la Terapia Familiar- como una estrategia inconsciente y poco adaptativa para afirmarse de algún modo en un contexto complejo, pero de una forma que hace sufrir a toda la familia. La clave derivada de estos inconvenientes y particularidades es que, más que el diagnóstico de este tipo de problemática, lo que sin duda deja cancha a un trabajo arduo es el tratamiento psicoterapéutico. Es aquí donde la Terapia Familiar y, en concreto, los terapeutas familiares, pueden llegar a sensibilizar y tratar de proveer a esas familias, en las que un miembro presenta Trastornos de la alimentación, de elementos para reflexionar acerca de unas relaciones más funcionales y estrategias para afrontar y mitigar patrones que sumen a toda la familia en el sufrimiento.

 
La singularidad de los factores que influyen en la eficacia de la Terapia Familiar tienen que ver con aspectos tales como: la inclusión de toda la familia en la sesión de terapia; la inducción a la reflexión acerca del comportamiento y las dinámicas no sólo de la paciente sino de todos en su conjunto; la idea de poner a los miembros de toda la familia al mismo nivel; el estimular las relaciones familiares más abiertas y sanas; la idea de tomar el síntoma como algo activo más que pasivo, es decir, como reacción a una dinámica más amplia; la disminución de la atención unilateral de los padres ante el síntoma, pasando por la peculiaridad de sus relaciones y formas de comunicarse; el reforzamiento de la autonomía y responsabilidad del/a enfermo/a; la estimulación de la cooperación entre los miembros; la evitación de los sentimientos de culpa y fracaso; la recuperación de las capacidades y recursos de la familia; la superación del miedo a la maduración del paciente; la recuperación de un liderazgo funcional, etc.

           
Como cabe suponer, parece clara la necesaria intervención familiar, sin dejar aquí la opción a entender que la familia resulta ser la única responsable de un asunto tan laberíntico y dificultoso, pero sí un recurso de salud importante para influir en ese entramado complejo de relaciones culturales, sociales y personales. En este sentido, nos incluimos los terapeutas familiares como responsables a la hora de dar respuestas a las necesidades que en este tipo de familias subyacen, partiendo, en un principio, de esta sucinta sensibilización ante el tema.

lunes, 10 de diciembre de 2012

PROBLEMAS ALIMENTARIOS EN LA ADOLESCENCIA


Dra.Paloma Navarro GómezPsiquiatra
Clínica Mediterránea de Neurociencias

El acto de alimentarse, una función fisiológica de nuestro cuerpo como dormir, se transforma en una forma de vivir y de angustia vital para las personas con trastornos alimentarios.

Cabe pensar que la anorexia definida por dejar de comer, podría y lo es, ser distinta en sus síntomas de la bulimia (atracones de comida y vómitos generalmente). Sin embargo ambas patologías se sustentan y tienen en común, una relación anormal con el acto de alimentarse y en el miedo a engordar, la común “obesofobia” y que presentan también muchas personas que no están enfermas.

Nos encontramos con una adolescencia más temprana que hace años; y por ello los pacientes que acuden con trastornos alimentarios son cada vez más jóvenes. La adolescencia entendida como el paso de la infancia a la vida adulta, hoy en día se presenta desde los 10 años en adelante.

La anorexia, bulimia, obesidad y las adicciones en general, se “ceban” en esta etapa de la vida tan caótica, la adolescencia, ya que es una etapa de cambio físico (la aparición de primeros cambios corporales ocurre entre los 12 y los 14 años, y aún antes) y de madurez sexual y emocional.

El adolescente que vive “mareado” con los cambios en su cuerpo e intenta desvincularse ligeramente de su familia para irse con los amigos y las primeras parejas, se encuentra desprotegido en su nueva identidad que está construyendo. Es ahí donde surgen muchos cuadros de anorexia y también de bulimia.

Realmente hay similitudes entre ambas patologías (anorexia y bulimia) y es que nunca en estos cuadros, la causa se reduce al simple hecho de tener un ideal de belleza, hay algo más sin lugar a dudas.

¡Me niego a comer! No es siempre un cuadro de anorexia, a veces es rebeldía, de echar un pulso a los padres, otras de querer tener mejor cuerpo y otras de autoafirmación de la ideantidad. No siempre hay que alarmarse, lo podemos y debemos respetar, salvo cuando veamos que es permanente, obsesivo en exceso y que la pérdida de peso es llamativa o los vómitos superan a la persona. Antes de alarmarse por conductas anorexígenas (dietas) o buleiformes (vómitos) que pueden ser transitorias, sería útil que las madres conversaran del tema con sus hijas. Las razones por las que uno deja de alimentarse de manera suficiente o adelgaza en exceso pueden ser diversas y esto es lo primero que hay que tener en cuenta para hacer un buen diagnóstico. Un adolescente deprimido puede no querer comer, pero ahí lo que le ocurre es la depresión como nuclear.

La anorexia y la bulimia, son dos caras de la misma moneda, en una no se come nada y en la otra se vómita lo que se come. El caso es son distintas y parecidas, ambas se apoyan en una angustia de tipo existencial que desborda a la persona.

Muchas veces aunque nos cueste entenderlo, perder la infancia, ese cuerpo infantil que pasa a ser un cuerpo adulto, perder la protección de los padres que sentíamos durante la infancia, hace que en esa etapa de pubertad aparezca esa actitud regresiva, “negándose” a avanzar y para ello uno deja de comer y se queda en casa con los papás y su cuerpo de niño en resumen.


Cuando los padres sin darse cuenta, se oponen a la maduración de sus hijos con excesiva protección están “infantilizándolos” en una etapa donde lo que les toca es transformarse, protestar, creer que crean unos valores propios y rebelarse contra la autoridad de los padres. No se debe vivir eso como un ataque familiar, sino como el proceso normal de maduración personal. Cada adolescente tiene su ritmo, como dice el dicho popular “hay gente que madura antes y otra después”. Respetar el ritmo de la persona sin impedir el crecimiento, esa es la clave, ya que madurar a los 15 años, es igual de normal que hacerlo a los 11 o 12 años, porque es el propio cuerpo, con la aparición de los primeros rasgos sexuales femeninos o masculinos quien así lo decide.

Desde hace años desde la psiquiatría se intenta dar respuestas a las causas, y eso se percibe cuando la familia te pregunta varias veces ¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Qué he hecho mal?  La verdad, buscar culpables es seguir engañándonos. Partir de la base que siempre unos padres quieren lo mejor para sus hijos, es la verdad. En ese camino de darle al hijo lo mejor, no hay culpables nunca. Sin embargo hay conflictos, dificultades de relación familiares y otros motivos que se deben abordar cuando aparece un cuadro así, de ahí la Terapia Familiar indicada en muchos casos.

Estos trastornos tienen múltiples causas, es así, luego no podemos decir que la culpa es de la sociedad, de la familia, de la paciente, de aquélla amiga que le dijo tal cosa, etc. No hay culpa, hay un montón de factores que al final hacen que surja un trastorno alimentario en un momento dado. Ojalá tuviéramos un solo factor causal, sería más fácil poder neutralizarlo. Pero lo que realmente es tranquilizador y optimista es que estos cuadros se terminan curando casi siempre, de hecho, cronifican del 5 al 7% en adolescentes según los últimos datos. Por ello debemos de seguir explicando y hablando sobre ellos para que tanto familiares como profesionales podamos saber más sobre esta epidemia contagiosa y así ofrecer todos los recursos posibles que tenemos hoy día desde la Salud Mental.