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lunes, 10 de diciembre de 2012

PROBLEMAS ALIMENTARIOS EN LA ADOLESCENCIA


Dra.Paloma Navarro GómezPsiquiatra
Clínica Mediterránea de Neurociencias

El acto de alimentarse, una función fisiológica de nuestro cuerpo como dormir, se transforma en una forma de vivir y de angustia vital para las personas con trastornos alimentarios.

Cabe pensar que la anorexia definida por dejar de comer, podría y lo es, ser distinta en sus síntomas de la bulimia (atracones de comida y vómitos generalmente). Sin embargo ambas patologías se sustentan y tienen en común, una relación anormal con el acto de alimentarse y en el miedo a engordar, la común “obesofobia” y que presentan también muchas personas que no están enfermas.

Nos encontramos con una adolescencia más temprana que hace años; y por ello los pacientes que acuden con trastornos alimentarios son cada vez más jóvenes. La adolescencia entendida como el paso de la infancia a la vida adulta, hoy en día se presenta desde los 10 años en adelante.

La anorexia, bulimia, obesidad y las adicciones en general, se “ceban” en esta etapa de la vida tan caótica, la adolescencia, ya que es una etapa de cambio físico (la aparición de primeros cambios corporales ocurre entre los 12 y los 14 años, y aún antes) y de madurez sexual y emocional.

El adolescente que vive “mareado” con los cambios en su cuerpo e intenta desvincularse ligeramente de su familia para irse con los amigos y las primeras parejas, se encuentra desprotegido en su nueva identidad que está construyendo. Es ahí donde surgen muchos cuadros de anorexia y también de bulimia.

Realmente hay similitudes entre ambas patologías (anorexia y bulimia) y es que nunca en estos cuadros, la causa se reduce al simple hecho de tener un ideal de belleza, hay algo más sin lugar a dudas.

¡Me niego a comer! No es siempre un cuadro de anorexia, a veces es rebeldía, de echar un pulso a los padres, otras de querer tener mejor cuerpo y otras de autoafirmación de la ideantidad. No siempre hay que alarmarse, lo podemos y debemos respetar, salvo cuando veamos que es permanente, obsesivo en exceso y que la pérdida de peso es llamativa o los vómitos superan a la persona. Antes de alarmarse por conductas anorexígenas (dietas) o buleiformes (vómitos) que pueden ser transitorias, sería útil que las madres conversaran del tema con sus hijas. Las razones por las que uno deja de alimentarse de manera suficiente o adelgaza en exceso pueden ser diversas y esto es lo primero que hay que tener en cuenta para hacer un buen diagnóstico. Un adolescente deprimido puede no querer comer, pero ahí lo que le ocurre es la depresión como nuclear.

La anorexia y la bulimia, son dos caras de la misma moneda, en una no se come nada y en la otra se vómita lo que se come. El caso es son distintas y parecidas, ambas se apoyan en una angustia de tipo existencial que desborda a la persona.

Muchas veces aunque nos cueste entenderlo, perder la infancia, ese cuerpo infantil que pasa a ser un cuerpo adulto, perder la protección de los padres que sentíamos durante la infancia, hace que en esa etapa de pubertad aparezca esa actitud regresiva, “negándose” a avanzar y para ello uno deja de comer y se queda en casa con los papás y su cuerpo de niño en resumen.


Cuando los padres sin darse cuenta, se oponen a la maduración de sus hijos con excesiva protección están “infantilizándolos” en una etapa donde lo que les toca es transformarse, protestar, creer que crean unos valores propios y rebelarse contra la autoridad de los padres. No se debe vivir eso como un ataque familiar, sino como el proceso normal de maduración personal. Cada adolescente tiene su ritmo, como dice el dicho popular “hay gente que madura antes y otra después”. Respetar el ritmo de la persona sin impedir el crecimiento, esa es la clave, ya que madurar a los 15 años, es igual de normal que hacerlo a los 11 o 12 años, porque es el propio cuerpo, con la aparición de los primeros rasgos sexuales femeninos o masculinos quien así lo decide.

Desde hace años desde la psiquiatría se intenta dar respuestas a las causas, y eso se percibe cuando la familia te pregunta varias veces ¿Por qué me ha tocado a mí? ¿Qué he hecho mal?  La verdad, buscar culpables es seguir engañándonos. Partir de la base que siempre unos padres quieren lo mejor para sus hijos, es la verdad. En ese camino de darle al hijo lo mejor, no hay culpables nunca. Sin embargo hay conflictos, dificultades de relación familiares y otros motivos que se deben abordar cuando aparece un cuadro así, de ahí la Terapia Familiar indicada en muchos casos.

Estos trastornos tienen múltiples causas, es así, luego no podemos decir que la culpa es de la sociedad, de la familia, de la paciente, de aquélla amiga que le dijo tal cosa, etc. No hay culpa, hay un montón de factores que al final hacen que surja un trastorno alimentario en un momento dado. Ojalá tuviéramos un solo factor causal, sería más fácil poder neutralizarlo. Pero lo que realmente es tranquilizador y optimista es que estos cuadros se terminan curando casi siempre, de hecho, cronifican del 5 al 7% en adolescentes según los últimos datos. Por ello debemos de seguir explicando y hablando sobre ellos para que tanto familiares como profesionales podamos saber más sobre esta epidemia contagiosa y así ofrecer todos los recursos posibles que tenemos hoy día desde la Salud Mental.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

ALTERACIONES DE CONDUCTA EN MENORES

Últimamente, existe una considerable alarma social, acerca de los problemas de conducta en los menores. Conceptos como adolescentes problemáticos, niños tiranos, chicos sin valores, etc., han pasado a formar parte del vocabulario de todos.
Es cierto que, ha aumentado la prevalencia de casos de niños y adolescentes con problemas de conducta, lo indican las cifras oficiales y la experiencia de psiquiatras y psicólogos que trabajan en el ámbito clínico y social.
Cuando hablamos de trastornos de conducta nos referimos a comportamientos que  sobresalen de la normalidad, por su frecuencia, intensidad, duración o impacto en el entorno.
Uno de los factores que incide en la aparición de esta problemática, es el estilo educativo de los padres. Este estilo se refiere al conjunto de actitudes, comportamientos y criterios que aplican los padres en la crianza de los hijos. Se denominan estilos porque mantienen una estabilidad a lo largo del tiempo.
Principalmente existen tres estilos educativos: estilo autoritario, permisivo y democrático.
El estilo educativo autoritario se basa en la imposición de normas, una baja afectividad y comunicación, rigidez en los castigos y alta exigencia. Este estilo sería el más utilizado en generaciones anteriores, donde la obediencia y sumisión a los padres y sus deseos era una máxima en las familias.
El estilo educativo permisivo se caracteriza por normas muy laxas, poca autoridad, alta expresión de afectividad, bajo nivel de control, encomendar la educación a otros agentes, como la escuela, refuerzos inmediatos y sobredimensionados. Este estilo sería el utilizado por los padres de la última generación, en el que se valora el refuerzo o bienestar inmediato antes que la confrontación o el mantenimiento de normas o límites.
El estilo educativo democrático por el contrario se da en familias con altos niveles de comunicación y afectividad, establecen límites y normas claras, se mantienen en el tiempo, refuerzo de logros y control sobre los hijos, pero control que permita realizar actividades de manera autónoma.
Cada uno de estos estilos va a influenciar en el comportamiento y autoconcepto de los niños. La mayoría de los psicólogos coincidimos en decantarnos por un estilo educativo democrático, en el que se produce un equilibrio, entre el afecto que se les proporciona a los niños y la autoridad necesaria, para que puedan respetar los límites que se  imponen en casa y con los que en muchas ocasiones no estarán de acuerdo.
No hay que tener miedo a ejercer autoridad como padres, imponiendo normas y límites coherentes, porque éstas no son una cuestión de poder, sino una manera de ordenar los espacios  y relaciones, de cada uno de los miembros de la familia.

Establecer una comunicación rica, mantener las normas y las consecuencias de su cumplimiento, promover un alto nivel de afectividad y fomentar la autonomía, son algunas de las premisas fundamentales que van a producir una tendencia de comportamiento en los menores, en la que se minimizará el riesgo de padecer trastornos de conducta.

En los últimos cincuenta años, se ha producido un movimiento de péndulo, pasando de una educación severa y rígida a excesivamente permisiva.  Lo más sensato sería encontrar un punto medio, un equilibrio, que permita a los niños desarrollarse de manera óptima, en este entorno actual.
Raquel Pérez Matas. Psicóloga Infantil.
Servicio de Salud Mental del Niño y del Adolescente
Clínica Mediterránea de Neurociencias
www.cmn-alicante.com